Un nuevo logro, Sergio. En estos días has pasado de ir tumbado en el cochecito a ir sentado en tu capazo. Se veía venir, tu capazo como tal, se ha quedado pequeño, ¡se acabó!
Ahora, tus paseos son como a ti te gustan: que si estas ramitas del árbol de la esquina se mueven, que si esa farola es sostenible, ¡uy! el techo de los soportales tiene una grieta, los vencejos al atardecer, las personas que pasan cerquita de ti… Pero sobre todo, lo que más te gusta es girar la cabecita y encontrarte, de tú a tú, con papá y mamá.


En estos días, si hay alguien que está siempre cerquita de ti, cuando estás en tu capazo, es «Gaviota». De momento se llama así, «Gaviota del abu» porque es él quien con mucha maestría y mucha delicadeza la ha tallado en madera y la ha pintado con tonos suaves. ¡Es muy bonita, es preciosa! Basta con tirar de la cuerda para que agite sus alas y planee. Te acompañará siempre y seréis super amigos. Hay que preguntar al «abu» que nombre le gustaría ponerle. Ella siempre velará tus sueños.
Y Sergio, como un chico mayor que eres, sé que, para pasar del capazo a la sillita, te has preparado con esmero. Ya sujetas fuertemente la cabeza y tu columna aguanta bien, sin tambalearse. Poco a poco, tus papás, harán el cambio. Mientras, como eres un bebé muy curioso, asomas la cabecita y no pierdes detalle de nada. La otra tarde, aún tumbado en tu capazo, a la sombra de una encina, una vieja encina castellana, no parabas de balbucear, chapurrear y hacer gorgoritos. Te encantaba ver cómo se movían sus hojas. Ya lo decía el poeta: «la encina, siempre firme, siempre igual, impasible, casta y buena». Tu encina se deleitaba al escucharte.
_»A pu ruuuuuuu…, a puuuu ruuuu…»
¡Claro que sí!, ¡bien dicho, bebé!, ¡haces las delicias de todos!


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