Por la mañana, en cuanto que abres los ojos y lloras para avisar que ya estás despierta, que no quieres más cuna, las gaviotas que viven en el tejado de nuestro bajocubierta, al levantar la persiana, alzan el vuelo y emiten su graznido de buenos días, siempre con el pico cerrado. Tú las miras boquiabierta.


Muy pronto sabrás reconocer a los polluelos que, como tú, esperan en el tejado a que sus padres les den de desayunar.
Y hablando de desayunos, hoy has probado el «porridge» de avena y ni fu ni fa. Por el contrario, toda la fruta te encanta. Irás acostumbrándote.
Luego llega lo mejor del día, bajar a la playa. Pero no te creas, no es fácil. Parece que nos vamos de viaje al fin del mundo y que vamos a tardar en regresar dos años. Neverita con fruta y agua, las toallas, la sombrilla, el paravientos, las botellas con agua calentita para llenar tu piscina, tu bolso con pañales, cremitas, bronceadores… y mil inventos más.
Todo parece poco, pero como dice la canción: «Valió la pena, lo que era necesario para estar contigo, amor. Tú eres una bendición».






