Anoche llovió. Del cielo caían con fuerza las gotas de agua y, muy pronto, se formaron enormes charcos. Ya de día y con la luz del sol, nuestros amigos los caracoles se han puesto en marcha lentamente, muy leeeentameeeeente, con su casita a cuestas, en busca de comida. Claro que les gusta mojarse pero, si hace frío, prefieren quedarse dentro de su concha y cerrar la puerta con una cortinita que ellos mismos tejen con su saliva.


Muy astutos, los caracoles, en los meses de invierno no salen de su casa, se quedan dentro calentitos y dormidos en espera de que llegue de nuevo la primavera y que el sol, caliente.
Con el buen tiempo y después de la lluvia de anoche, te propongo un juego Vera, vamos a buscar, entre las plantas, caracoles para cantarles su canción favorita: caracol, col, col saca tus cuernos al sol que tu padre y tu madre ya los sacó.
Al oírnos cantar, Caracol, col saldrá de su escondite y observará con detenimiento lo que le rodea mientras come una hojita de lechuga tierna.
Pero ¡cuidado! no debemos tocarles los cuernecillos brillantes que tienen en la cabeza, sobre todo, los dos más largos, porque ahí, justo en la punta, Col tiene sus bonitos y diminutos ojos.




Eres muy buena observadora y ya sabes que en días de lluvia, entre las hojas de las plantas, es fácil encontrarles. Con suavidad los coges de sus caparazones y con precaución les dejas de nuevo en el suelo, entre unas piedras para que puedan refugiarse y descansar sin que nadie les moleste.

Vera, corre a la fuente a lavarte las manos, la baba que deja el caracol es muy pringosa pero a ellos les ayuda a protegerse, y Vera, si ves una concha de caracol vacía no te fíes, puede estar dentro, no hay que molestarles tanto. Lo mejor es llamar a su puerta, ¡toc, toc!, ¿hay alguien ahí?
Recuerda, cuando llueve y hace sol, sale de paseo el caracol. ¿Le acompañamos?


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