Temprano, sobre las siete de la mañana, se te oye cantar desde tu cuna, lista para comenzar el día. Muy contenta, te levantas y lo primero que haces es buscar a Ander para darle mimos. En la mesa te esperan unas tostadas calentitas con aceite y, mientras charlas con mamá, acabas tu pan y llevas tu plato al lavavajillas. Aún hay tiempo, antes de ir al cole, para «leer» un poquito.

Una «lectura… muy a tu manera», más bien, diría yo, una ojeada a tus álbumes de fotos en busca de Eloy, tu amigo del alma. Pasas las páginas con mucho cuidado e investigas cada foto con detenimiento. Satisfecha, le dices a mami: «¡Ya está!, me lo he leído todo, todo».

Ya en el cole, Cristina y Lidia, tus profes, te dan los buenos días y comienza la jornada. La mañana transcurre genial, rodeada de amigos y salidas al patio. Al mediodía, toca recargar pilas con una rica comida y una pequeña siesta. A la salida, meriendas en los columpios y luego, para casa. Te esperan tus cuentos, tu tren de madera, tu plastilina y tu pequeño piano.




Canciones como «La vaca Lola» o «Los pollitos dicen pio, pio, pio», te encantan, al igual que las de Nathali, tu profe de música. Todos los martes, super animosa, entras en su clase, te quitas los zapatos y corres a sentarte en tu sitio. Como cada canción tiene sus trucos, la de «Un día llovía, llovía muy fuerte…» la acompañas golpeando con tu dedo índice la palma de tu mano, para hacer el ruido de la lluvia al caer.
Y por fin llega el sábado, o el domingo. Cualquiera de estos días es especial porque papi y mami tienen todo el tiempo para ti, para llevarte a sitios bonitos como el zoo o el museo de ciencias naturales. Pero esto, Vera, te lo cuento otro día… otro día cualquiera.




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