Vera estos días tenemos una cita con el sol. Sé que te gusta el mar, la arena de la playa y las gaviotas, y sé que te agrada el calorcito que, durante el día, nos da el sol. Sin embargo, ya al caer la tarde, cansado y con sueño, el sol también se va a la cama y se queda dormido, como tú en tu cuna.
La rosa de los vientos, Vera, nos trajo hasta estas tierras y tenemos suerte porque, en la Costa da Morte, desde los faros, las playas o los montes, podemos ver, como si estuviéramos asomados a un balcón, cómo a lo lejos, donde el mar se junta con el cielo, los últimos rayos se esconden y desaparecen.
Nuestra cita es para hacerle compañía antes de que se acueste. Es tan bonito que seguro que en ese momento aplaudimos pero tiene que ser muy flojito, sin hacer mucho ruido, ¿eh?


Es un momento mágico porque mientras en otras tierras y en otros lugares es ya noche cerrada, oscura, aquí todavía el sol prefiere seguir un ratito más entre nosotros. Está tan a gusto que no tiene prisa y nosotros somos tan afortunados por tener sus últimos rayitos, que todos los atardeceres le desearemos, con voz muy suave, con apenas un susurro: «buenas noches, hasta mañana».
Y como soñar no cuesta nada, te diré que el año que viene iremos al Monte Pindo, donde cuenta la leyenda que habitan los espíritus de los druidas. Esperaremos pacientemente a que el sol se acueste mientras escuchamos la música de Mago de Oz, la música de la Costa da Morte.
Ya lo dice la canción; «Y que mi luz te acompañe. Con tus ojos no has de ver. Hazlo con los de tu alma y encontrarás la calma. Tu rosa de los vientos seré».






