Amanecía y el sol os pillaba en pijama porque «redondito, redondito, sale el sol tempranito». Asomados a la ventana empezabais el día sin perder detalle. Sobre todo cuando una grúa tenía el acierto de subir a su plataforma un coche averiado, aparcado justo debajo de nuestra terraza, ¿verdad, Iago?


El sol calentaba de lo lindo. Enseguida había que buscar la sombra o bien de los soportales o bien acercarnos al parque de las tirolinas. Tú, Sergio, preferías explorar los patios y subir y bajar sus bordillos acompañado de Nico, que te seguía, encantado.



Por tu parte, Vera, ya eras experta en tirarte por las tirolinas. Te abrochabas los arneses y muy segura te lanzabas, sin ningún miedo, a «volar» entre los pinos.
Las mañanas se hacían cortas aunque el sol caía a plomo y el campo se quedaba sin sombras:
«Sol, astro amigo, me das mi sombra y juegas conmigo. Como un perrito me sigue mi sombra asombrada. Corro y la sombra corre, me paro y se para, río y se ríe, salto y salta». _Gloria Fuertes.


En la hora de la siesta, Vera, veías un ratito «Detectives animales» o «Diva, la veterinaria», sentada en el sofá aunque, la verdad, no había mucho hueco, ni cabía un alfiler de lo concurrido que estaba. Ander y Nico dormían pegaditos a ti, a la pata suelta.
Fuera, el sol pegaba fuerte y había que esperar a que dieran las cuatro para pasar la tarde en la piscina, en remojo. Tardes interminables de agua y meriendas de capricho.


Al atardecer, antes de la cena, el sol se ocultaba ya detrás de las montañas. Era el momento de jugar en la terraza con los camiones, los coches y… de llevarse bien…


A veces un mismo juguete provocaba pequeños momentos de tensión… nada que no se pudiera arreglar jugando en la bañera, de buen rollito.
-¡Venga!, salid ya, Iago, Sergio, que se hace tarde para la cena…
Los días volaban, y aún quedaba lo mejor. A finales de agosto, nos sorprendieron las Fiestas.


En la Plaza Mayor instalaron castillos hinchables, talleres artesanales, pintacaras o talleres de iniciación al circo… Vera te encantó colgarte, cabeza abajo, y descubrir los secretos del arte circense.


Al ponerse el sol la calma del anochecer nos envolvía. Vera, antes de irnos a dormir, siempre preguntabas:
-«¿Echamos una partidita al Quién es Quién?
-¡Claro que sí! -respondíamos todos a una.
Adivinar el personaje del equipo contrario requería mucha memoria. Vera, lo «pillaste» a la primera y «la vieja del moño» se convirtió en nuestro personaje favorito.
Al día siguiente miraríamos de nuevo hacía la luz del sol y otra vez, las sombras estarían detrás de nosotros y podríamos jugar de nuevo con ellas. Han sido poquitos días, pero inolvidables.
¡Gracias Sol! ¡Gracias, agosto! Nos vemos en septiembre.








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