Sábado, cinco de octubre, nueve de la mañana, aeropuerto de Madrid Barajas. Un bonito día soleado, con un cielo completamente azul, presagiaba una mañana tranquila. Con un café entre las manos «abu» Diego y yo despedíamos a las madrinas que viajaban a San Francisco.
De repente, al igual que hace casi tres años, sonó mi móvil con insistencia. Era una llamada esperada, presentida. Solo podía ser mamá. Con voz clara nos dijo: «Me voy al hospital, creo que estoy de parto». ¡Y empezó la jarana!

Pasadas las seis de la tarde y mientras Oto, nuestro viejo gato siamés, nos ayudaba a que la espera fuera más llevadera, volvió a sonar el móvil. Esta vez era tu papá que repetía feliz : «Es precioso, todo ha ido muy bien». A las 18 horas 07 minutos naciste tú, mi querido Iago, teu irmán, Veriña, tu hermanito.
¿Sabes, Iago? Tu nombre suena precioso y nos acerca a Galicia, a Santiago. Es un guiño a los orígenes gallegos de la familia de papá.
Vera, a la mañana siguiente, papi te llevó junto a mamá para que puideses coñecer ao teu irmán recén nacido. Antes de salir de casa, te pusiste tu bonita diadema para sujetarte los rizos y buscaste por tu habitación un peluche para Iago. Luego, fuisteis al mismo hospital donde naciste, hace ya casi tres años.

Cuando abriste la puerta de la habitación 303, te llevaste la gran sorpresa. Ahí estaban esperándote Iago y Mami.
Entraste muy despacito y con mucha delicadeza te acercaste a Iago. En voz bajita, como la ocasión lo requería, preguntaste:
— ¿Le puedo tocar?
— ¡Claro, mi amor! — dijeron papá y mamá.
Muy suavecito le acariciaste y le diste tu mano.

En ese momento, papá cogió en brazos al pequeñín y en un susurro, te preguntó:
–¿Le quieres abrazar?
Muy calladita y sentada al lado de mamá, esperaste a que papá colocará entre tus brazos a Iago. Con mucha ternura, le acariciaste casi sin rozarle.

Vera, pronto serás tú quien le cuente cuentos y quien le enseñe canciones, historias y juegos. Mientras, os quiero explicar una historia sobre las hadas de los niños recién nacido. Estas hadas, con su varita mágica, reparten sus dones y yo creo que son las responsables de que os parezcáis tanto. Sois casi, casi, como dos gotas de agua y, aunque sea pronto para sacar parecidos, aquí están estas fotos.


¡Feliz llegada, Iago, bienvenido! Ahora, es tiempo de conocer el mundo que te rodea, de sentir el aire en tu carita, de estirar los brazos y las piernas a tu antojo, de descubrir luces y sonidos y mirar, mirar muy de cerca, la cara de mamá mientras te da el pecho y te arrulla.


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