Cada cinco minutos pasa uno. El bus de tu barrio, Vera, es muy puntual y no hace esperar a los pasajeros. Tú, como buena observadora, conoces al dedillo el ruido que hace cuando se aproxima y antes de que aparezca ya sabes que no anda lejos.
Al acercarse a la parada, después de torcer la esquina de tu calle, el ruido al frenar es como un largo soplido. Nosotros esperamos a ver quién baja y antes de que arranque de nuevo, llega el momento esperado: saludas con tu mano, le dices adiós y le envías besos con la palma bien abierta.

A lo largo de la tarde, nos da tiempo a saludar por lo menos a tropecientos autobuses más. Luego, desde lo alto del tobogán, controlas si giran por la calle ancha o se pierden entre edificios de ladrillo.

Decidida como eres, tus primeros encuentros con los toboganes fueron fáciles. Bastó una pequeña ayuda para que te sintieras como pez en el agua y te tiraras sin ningún miedo. Ahora, subes por los peldaños hasta llegar a lo alto y ahí, Vera, te tomas tu tiempo antes de lanzarte. Al «abu» y a mi nos pones de los nervios porque, en la plataforma, te echas para atrás, no paras quieta… Por fin, cuando te sientas, empieza el ritual que tanto te gusta: «a la una, a las dos y a las…..treesss». Y vuelas.
Algunas veces ya no esperas al «treessss». Te lanzas en busca de esa sensación de cosquilleo que tanto te gusta.




Agarrada con fuerza al pasamanos, bajas con habilidad pasmosa por el tobogán con tus tres rizos de pelo al viento. Cuando llegas abajo, aplaudes, aplaudimos, y vuelta a empezar, ¡tan felices!

«¡Adiós autobús!».


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